jueves, 26 de marzo de 2009

OTRA IZQUIERDA AL PODER

El triunfo de Mauricio Funes y la ex guerrilla del FMLN en las elecciones presidenciales de El Salvador abre la oportunidad de que el país supere dos pesados lastres que han limitado su madurez democrática: el continuismo y la polarización.
El camino luce difícil y complejo, pero las posibilidades de avance son reales.


Aún existen sectores marxistas intransigentes en el partido triunfante, y de derecha irreductible en la derrotada Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), que estuvo 20 años en el poder. No está claro cuál es la influencia real de Funes en el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, al que se incorporó después de ser candidato; la desconfianza entre adversarios ha sido una constante, y el proceso electoral agudizó la retórica de choque.

Una economía en recesión, el temor de los empresarios, la fuerte exclusión social, la arraigada violencia y la imposibilidad de cumplir las expectativas de campaña complican el panorama. Así como podrían generar mayor pragmatismo en el gobierno, también podrían impulsarlo hacia medidas populistas o confrontarlo con presiones extremistas.

Pero, en medio de los escollos y riesgos, existen fuertes posibilidades de que se consoliden la alternancia en el poder y un mayor acercamiento entre adversarios.
Funes no sólo es un moderado. También quiere parecerlo y está haciendo lo posible por actuar como tal.

En el complejo arcoiris de la izquierda latinoamericana, busca inspiración y apoyo en el presidente Lula y su Partido del Trabajo, del que su esposa brasileña es representante en Centroamérica.

En su equipo de transición abundan los tecnócratas, no los cuadros de partido. Sus compromisos incluyen respetar la Constitución, la propiedad privada, la sensatez macroeconómica, la libertad de expresión y la integridad de las fuerzas armadas. Es algo con lo que, desde la oposición, el FMLN ha vivido por años.

En el Congreso y las alcaldías bajo su control, los ex guerrilleros han dado múltiples señales de realismo y disposición a negociar. Aunque no han sido capaces de una profunda revisión ideológica que desentierre sus raíces totalitarias, al menos han actuado al margen de ellas.

Más allá de sus intenciones, las realidades también estimulan la moderación.
Con 35 diputados, el FMLN estará muy lejos de la mayoría en el nuevo Congreso. ARENA, un partido minuciosamente organizado, dispondrá de 32; Conciliación Nacional (PCN), también de derecha, de 11; la centrista Democracia Cristiana (PDC), de 5, y Centro Democrático (CD), socialdemócrata, de uno.

Negociar será indispensable. Para aprobar o frenar legislación ordinaria, a cualquiera de los dos grandes le bastará con el apoyo del PCN. Pero para elegir magistrados de la Corte Suprema de Justicia y otros jerarcas de entidades de control, la mayoría calificada requerida obliga a los acuerdos entre el FMLN y Arena.

Las instituciones del estado, aún débiles, tienen mayor estabilidad que las de Guatemala, Honduras y Nicaragua.

Los empresarios ejercen sólida influencia, quizá excesiva. La economía, dolarizada, depende en enorme medida del mercado y las inversiones de Estados Unidos, y de las remesas que envían los salvadoreños residentes allí.

Funes ha declarado su intención de tener estrechas relaciones con Washington. El presidente Barack Obama ha respondido cálidamente: su rápida felicitación, la conversación telefónica de 15 minutos entre ambos y el envío a San Salvador de Thomas Shanon, encargado de la diplomacia hemisférica, para reunirse con el presidente electo, tienen importancia real.

Pasar de las intenciones y realidades a una nueva dinámica política, que abra camino a la alternancia normal en el poder, reduzca la polarización y, así, mejore el bienestar de todos requerirá mucha madurez compartida.

La oposición deberá entender que el mandato de Funes es de reforma profunda. El nuevo gobernante y su partido deberán actuar dentro de claros límites institucionales. Y las corrientes moderadas en ambos campos deberán esforzarse por controlar sus extremos.

¿Complejo? Sin duda. Pero la oportunidad que se abre es real y podría cambiar, para bien, el destino de El Salvador.


By EDUARDO ULIBARRI
Columnista de El Nuevo Herald

LECCIONES

“Una cosa es defenderse de críticas injustas o malintencionadas y otra muy diferente es rechazar indiscriminadamente cualquier observación de errores o aspectos negativos.”

En los días siguientes a la elección presidencial han circulado, por medios electrónicos, varios mensajes reprochándole con saña al presidente Saca los muchos y graves errores que, a juicio de los autores —anónimos en la mayoría de los casos—, ocasionaron la derrota electoral de ARENA. Además del tono apocalíptico con el que se refieren al fin de la dinastía arenera, los reclamos que se le hacen al presidente galopan como demonios alborotados tras un exorcismo exitoso.

Lo curioso es que la mayoría de los que hoy se sienten agraviados y hasta traicionados no tuvieron la entereza para decir oportunamente todo lo que ahora están diciendo. No quisieron exponerse. Solo unos pocos columnistas, con conocimiento mucho más limitado de las intimidades de los círculos de poder, advertimos públicamente sobre arbitrariedades y posibles hechos de corrupción. Ya en la coyuntura preelectoral, algunos areneros denunciaron la manipulación del proceso de selección de candidatos, pero sobran los dedos de las manos para contarlos.

Traigo esto a cuenta no para restregar el dedo en una dolorosa llaga, sino para extraer lecciones, no solo para ARENA, también para otros partidos, particularmente para el nuevo partido de gobierno. La crítica, aunque sea bien intencionada, rara vez es bien recibida por los que detentan posiciones de poder; sin embargo, es un antídoto muy necesario para evitar que broten del poder las prolíficas células cancerosas que, tarde o temprano, habrán de destruirlo.

El primero que debe tomar la amarga lección que deja el gobierno de Tony Saca es el nuevo presidente. Talvez más importante que la selección de las personas que ocuparán los cargos más visibles en su equipo de gobierno es la selección del grupo de máxima confianza que estará cerca de él todos los días en la casa presidencial. Esos colaboradores tienen un perfil público bajo, pero llegan a tener mucho poder para conceder o negar acceso al presidente; para llamar o distraer su atención sobre determinados problemas; para facilitarle o dificultarle que atienda críticas y sugerencias sobre su gestión.

El presidente debe tomar con mucha reserva el consejo de los oportunistas y aduladores que siempre se las arreglan para conseguir asiento preferencial en los círculos de poder. Debe rodearse de personas con intelecto igual o superior al suyo; gente franca, honesta y con personalidad para expresar puntos de vista diferentes que lo inciten a pensar, con amplitud de criterio técnico y político, las decisiones más importantes.

Pero la experiencia de los areneros que hoy se sienten defraudados debe ser tomada muy en cuenta también por los simpatizantes del FMLN. Mal servicio le harían a su partido y al presidente si se autocensuran, si reaccionan defensivamente a los señalamientos provenientes de sectores ajenos o adversos al gobierno. Durante la campaña electoral muchos simpatizantes del FMLN y de Mauricio Funes exhibieron ese tipo de actitudes, algunos con bastante intolerancia y agresividad.

Una cosa es defenderse de críticas injustas o malintencionadas y otra muy diferente es rechazar indiscriminadamente cualquier observación de errores o aspectos negativos.

Escrito por Joaquín Samayoa

SIGO PRESENTE POR MI PATRIA

Desde que se proclamara el nuevo Presidente de El Salvador, he escuchado de todo. Las líneas que siguen, me gustaría dirigirlas a todos aquellos que aceptamos la victoria de Mauricio Funes, porque es consecuencia de apoyar un sistema de libertades como el que se ha consolidado en los últimos 20 años, pero que no compartimos, bajo ningún aspecto, la ideología de su partido.

No es el fin del mundo. El lunes, después de un domingo de elecciones, volvió a amanecer. Quizá el cielo estuvo encapotado, gris, como los ánimos de muchos, pero El Salvador tiene que seguir.

Después de una campaña desgastante en todos los sentidos y de unos resultados que no deseábamos, es hora de examinarnos primero, para ponernos a trabajar inmediatamente después.

Buscar culpables de la derrota arenera no sirve de nada, pero sí tenemos que reconocer que veinte años en el gobierno desgastan a cualquiera; que no se trata simplemente que la macroeconomía funcione, cuando tantas familias salvadoreñas se la pasan verdaderamente mal, mientras que muchas otras se gastan más de un sueldo mínimo en un fin de semana de diversión; que no sólo es cuestión de mano dura ni de medidas paliativas, sino de atacar de raíz los problemas que afectan a nuestra sociedad, incluyendo la corrupción en tantas dependencias gubernamentales y ambientes empresariales; que no sólo es cuestión de criticar y criticar un viernes en la noche, alrededor de una botella, en la comodidad de nuestro ambiente, sino de involucrarse en lo que sea, pero involucrarse; que basta ya de decir que el gobierno tiene la culpa de todo --aunque en esta derrota tenga mucha cola que le pisen--, cuando no somos capaces ni de "quemarnos" públicamente al señalar en qué no estamos de acuerdo.

Estimados salvadoreños, los días de asombro o tristeza por la derrota terminaron. Que se borren las caras apagadas, que nadie diga --¡por favor!-- que es hora de irnos buscando mejores cielos, porque hoy es cuando nuestro país más nos necesita. La medalla al mérito no se la dan al que huye cuando la cosa se pone fea, y El Salvador espera de nosotros, cada quien desde donde le corresponde, que sepamos dar la cara.
Ahora nos toca aprender a ser una oposición digna y de altura que vele para que, en el futuro, este sistema de libertades, que valió tantos años de guerra, continúe vigente.
Por favor, no podemos pretender ni desear que ahora a nuestro país le vaya mal sólo para que aquellos que escogieron al Presidente Funes "aprendan".

Tampoco podemos caer en insultos, gritándoles cualquier cosa por la decisión que tomaron. Lo nuestro no puede ser el revanchismo. Mucho menos se trata de ponerle trabas a las iniciativas que propongan el nuevo Presidente y su gabinete, como tristemente hicieron ellos en el pasado. No señores. Se trata de apoyar todo aquello que beneficie a la población salvadoreña, de ser auditores exigentes de la gestión gubernamental que comienza el próximo junio y de defender nuestro país de cualquier insinuación que atente contra su soberanía. En fin: se trata de sumar y no de restar, poniendo el hombro.

En noviembre pasado, John McCain nos dio cátedra de democracia cuando, al final de las elecciones estadounidenses, se dirigió al candidato ganador como "mi Presidente". A esa madurez política aspiramos.

De usted, Presidente electo Funes, espero que su gestión gubernamental tenga la unidad y la concertación que proclamó en su discurso del domingo 15 de marzo, y también espero que en junio de 2014 entregue la banda presidencial habiéndole cumplido a El Salvador.

Creo en el sistema de libertades, por eso no estoy dispuesto a entregar El Salvador a nadie, no permitiré que el comunismo haga de las suyas en esta tierra y, lejos de visiones exclusivamente partidistas, insisto que sigo presente por mi Patria.


Giovanni Avilés
Colaborador de El Diario de Hoy

EL SALVADOR: LA GRAN LECCIÓN

Tras veinte años de bien gestionados gobiernos, el partido de la derecha ARENA cede el poder por la vía electoral a quienes lo habían intentado alcanzar por la vía de las armas. El relevo ya confirmado con la victoria del FMLN en las pasadas elecciones confirma a quienes observamos la política en el continente que la ruta de alternabilidad democrática escogida por el hermano pueblo salvadoreño es la correcta.

Lo ocurrido es interesante y es un maravilloso ejemplo de un proceso de maduración cívico-política. Dos décadas de gobiernos de derecha empresarial ceden su lugar a la izquierda agrupada en el Frente. Cada vez que ARENA venció al FMLN en los cuatro ejercicios anteriores, los entonces opositores aceptaron la derrota y continuaron su trabajo de fortalecimiento y reinvención de su opción. Así fueron ganando poco a poco alcaldías y diputaciones, hasta llegar al punto de ser un proyecto viable que logra el favor del voto popular. Atrás quedó la confrontación ulterior al discurso.

Atrás quedó la guerra fría y se dio el paso más importante al convencer a toda la nación que es el ejercicio de la política en su más amplia y continua expresión lo que da espacio al cambio, al relevo, a la revitalización del tejido social y político de nuestros pueblos.

Con este triunfo y la aceptación de los grupos asimilados en ARENA, se confirma que los gremios empresariales pueden apoyar y participar en la política, pero deben tener la madurez necesaria para admitir que hay una agenda de nación muy superior a la de sus propios intereses. Viene esto al caso, porque hay naciones en nuestra región en donde el sector empresarial interviene en la política con una visión corporativista de todo o nada y terminan contradictoriamente –por la fuerza de su poder económico– destruyendo las instituciones y su necesaria funcionalidad.

Los frentistas entendieron en todos estos años desde la trinchera política que la derrota encierra sabias lecciones. Comprendieron lo mismo que los areneros han admitido ahora: hay una nación por construir, una nación por enriquecer todos los días, en la cual la estrategia para administrar la cosa pública toma el lugar prioritario que pocos días antes tenía la táctica política durante la campaña y antes, la táctica militar durante los tiempos aciagos de la lucha entre hermanos.

El futuro de El Salvador llega de la mano de un elocuente y moderado social demócrata que confiesa querer parecerse más a Lula que al icónico Fidel Castro, fuente de inspiración de los principales cuadros frentistas. Importante rasgo que define al relevo presidencial, quien hoy tendrá el desafío de buscar una receta de necesarios ajustes en mitad de una cruda crisis financiera global al tiempo que por primera vez la izquierda salvadoreña confronta el reto de transformar la nación sin provocar la debacle, aspecto radicalmente diferente respecto a los antiguos enunciados del FMLN de Schafik Hándal.

¿Que si es una lección? Saque usted sus propias conclusiones. Yo desde mi silla en el centro derecha del espectro político, felicito a ARENA, a los ejemplares empresarios de El Salvador, al pueblo salvadoreño y al presidente Mauricio Funes a quien le deseamos que la visión moderada que proyectó al mundo a través de CNN sea el eje de ruta que le permita proveer al pueblo salvadoreño la prosperidad y la paz social que busca y que con ello el futuro se plantee menos oscuro que lo dibujado en la mesa de los analistas.

Julio Ligorría Carballido/ Consultor guatemalteco, presidente de Interimage Latinoamericana, S. A.

BANDERAS ROJAS

En la noche del 15 de marzo --ya se sabe que el próximo presidente de la República se llamará Mauricio Funes-- un vehículo cruza la ciudad capital. Es de los pocos que esta noche no llevan banderas rojas. La Colonia Escalón es escenario de la fiesta de triunfo del Frente. Viajan en silencio tres ex-guerrilleros del FMLN histórico. No están de fiesta, por nada. Son de los dirigentes que hace años se separaron del FMLN, excomulgados por defender posiciones heréticas no tan diferentes como ahora las usó Mauricio Funes para ganar las elecciones.

No han apoyado a Funes. No por simpatía a ARENA, sino por antipatía al partido FMLN, partido que sus ex-compañeros han privado de su pluralidad, su democracia interna, su creatividad basada en diversidad...

Viajan en silencio, viendo el mar de banderas rojas en la Escalón, precisamente donde ellos, hace 20 años, hicieron llegar la ofensiva guerrillera.

De repente uno de ellos, viendo las caras largas de sus compañeros, rompe el silencio: ¿Y no para eso nos dimos riata en la guerra?

El otro: ¿Para que estos babosos vengan 20 años después a izar banderas rojas en la Escalón? ¡No jodás, yo no me di verga para esto!

"Nombre, para que cualquiera, aunque te caiga mal, pueda ser presidente, si la mayoría así decide. Para esto luchamos, ¿o no?"

Yo también pasé por esta misma zona, en esta misma noche del 15, regresando del Canal 12. Y tuve exactamente esa misma sensación de que la historia nos estaba jugando una broma.

Qué ironía: Hace 20 años estábamos dispuestos a perder la vida para ver que la bandera roja ondeara en Casa Presidencial, y hoy no siento alegría ninguna al ver este mar de banderas rojas en la Escalón. Ya no veo en el rojo de la bandera el símbolo de la esperanza y de la lucha por la libertad, sino el símbolo de ortodoxia, autoritarismo, retórica nostálgica...

Qué ironía: Cuando ya nadie en el mundo marcha bajo banderas rojas, vienen éstos y van a elecciones con banderas rojas... ¡y ganan! La última bandera roja del mundo, izada en El Salvador, entre todos los lugares del planeta...

Qué ironía: Al fin gana la izquierda, uniformada de rojo, cantando las canciones de anteayer, gritando las consignas de ayer, rezando al Che y a Farabundo como si fueran santos. Y en vez de sentir alegría y satisfacción, a muchos ex-guerrilleros nos entra preocupación: No vaya ser que los que hoy marchan con banderas rojas piensen que al fin han ganado la guerra... y actúen así.

Porque la guerra nadie la ganó y nadie la perdió. La terminamos negociando entre todos, sin excluir a nadie de la nueva república. Esta concepción de la paz y de la democracia hay que defenderla contra las actitudes revanchistas de donde provengan, derecha o izquierda. Contra los que siguen cantando "El Salvador será la tumba de los rojos", y contra los que siguen gritando "¡Revolución o muerte, venceremos!"

¿Quiénes están dispuestos a defender lo que logramos como sociedad con los Acuerdos de Paz? Gentes de izquierda y de derecha que se cansaron de gritar tonterías y rendir homenaje a protagonistas de la Guerra Fría convertidos en estatuas de bronce. De esa gente cansada de imperativos ideológicos, una buena parte marcó la bandera roja del FMLN, porque cree que el cambio prometido por Mauricio Funes también incluye la renovación de su partido; otra parte marcó la bandera de ARENA, porque cree en la apertura y las reformas que prometió Rodrigo Ávila. No importa, a la hora de tener que defender la democracia se unirán.

Aquí ya no hay mayoría para regímenes autoritarios. El FMLN no pudo ganar sin la camisa blanca y el discurso reformista de Funes. Y ARENA ya no se atreve ir a las elecciones sin un programa reformista como el de Ávila.

Eso ya es ganancia.

Paolo Lüers
*Periodista de origen alemán y editor de Siguiente Página.

miércoles, 25 de marzo de 2009

LA PRUEBA DEMOCRÁTICA DE EL SALVADOR

En sus tiempos radicales, Ken Livingstone, el ex alcalde de Londres, sarcásticamente dijo que si una votación cambiaba algo, la abolirían. Resulta ser que en América latina las elecciones, en verdad, sacuden las cosas. La última prueba de ello: Mauricio Funes, el portador del estandarte del FMLN -hasta no hace mucho, un movimiento guerrillero marxista-, acaba de ganar las elecciones presidenciales de El Salvador.

Esto es destacable en un país que, hasta donde llega la memoria, ha sido gobernado, cueste lo que cueste, por una oligarquía reaccionaria. Si la estrecha victoria electoral de la izquierda salvadoreña es aceptada pacíficamente -como ha sucedido hasta el momento-, significa que América latina, verdaderamente, ha recorrido un largo camino.

Que este cambio profundo sea visto o no como un momento clave en la consolidación de la democracia en El Salvador, o como el inicio de una pendiente hacia la inestabilidad, dependerá de la capacidad de Funes para equilibrar dos imperativos complejos y contradictorios: llamar a la moderación en todo el espectro político al mismo tiempo que se implementan las profundas transformaciones sociales que El Salvador tan penosamente necesita.

Con casi la mitad de la población debajo de la línea de pobreza, las profundas desigualdades del país residen en su tumultuosa historia política, sus elevados índices de criminalidad y la masiva migración hacia el exterior.

En todo respecto un hombre razonable, Funes enfrenta una batalla cuesta arriba a la hora de predicar moderación. Presidirá un país profundamente polarizado, donde las fuerzas conservadoras se encuentran fuera del palacio presidencial por primera vez en la historia. Si el tono vicioso de la campaña de su rival ofrece algún indicio, Funes no puede contar con la buena voluntad de quienes todavía tienen que aprender a comportarse como una oposición leal.

Más importante aún, tal vez, sea la relación del nuevo presidente con sus propios aliados. Funes, un advenedizo político que no participó en la guerra civil del Salvador, junto con todos los candidatos parlamentarios del FMLN, fue elegido a dedo como candidato presidencial, a puertas cerradas, por la Comisión Política del partido, donde cuadros marxistas reaccionarios todavía deambulan sin obstáculos. La lealtad de la comisión electoral parlamentaria reside, principalmente, en la estructura tradicional del partido y sólo accidentalmente en Funes.

Aún más problemáticas son las limitaciones que enfrenta Funes en materia de propiciar una agenda de reforma social. Para empezar, el FMLN no cuenta con una mayoría parlamentaria, que sigue en manos de sus oponentes de derecha, ARENA y sus aliados de larga data, el pequeño PCN. La administración de Funes parece estar condenada a la parálisis política, una enfermedad crónica de los regímenes presidenciales de América latina.

Es más, la actual crisis económica está creando problemas especialmente serios para la economía salvadoreña. Los envíos de remesas desde Estados Unidos representaron aproximadamente el 17% del PBI en 2008, más que las exportaciones totales del país.

Esta fuente vital de capital está cayendo a un ritmo alarmante -8,4% de enero de 2008 a enero de 2009-. No sorprende que el pronóstico de crecimiento económico del Salvador para 2009 haya sido recortado a apenas el 1%.

El verdadero problema, sin embargo, no tiene tanto que ver con la contracción económica como con el espacio muy limitado de maniobra que tiene el gobierno en un país que dolarizó su economía en 2001. En vista de la caída de las remesas desde el exterior y de la inversión extranjera, Funes rápidamente descubrirá que la dolarización sin dólares no es algo divertido.

Funes es una voz moderada en un país donde éstas no abundan. Necesita toda la ayuda que pueda obtener. Estados Unidos, que todavía tiene una influencia política significativa sobre lo que sucede en El Salvador, haría bien en aceptar su elección y ofrecerle un apoyo tangible para las reformas sociales esenciales.

La apuesta es elevada. Enfrentado a obstáculos atemorizantes y a una oposición desleal, Funes bien puede decidir escuchar a la línea dura del FMLN y perseguir su agenda de reforma sin ninguna paciencia por los mecanismos de control democráticos, tal como han hecho otros líderes de izquierda de América latina, como Rafael Correa de Ecuador y Evo Morales de Bolivia.

En el caso de Funes, elegir ese camino sería un error histórico. Pondría en peligro el único legado importante -aunque levemente irónico- de la lucha armada del FMLN: la creación de una democracia liberal en El Salvador.

La democracia es una herencia que no tiene precio. Si en medio de la indiferencia del mundo Funes eligiera ser inconstante y poco confiable, se demostraría que Livingstone estaba equivocado: votar puede cambiar mucho, y a veces para peor.


Kevin Casas-Zamora
Senior Fellow in Foreign Policy at The Brookings Institution, and former Vice-President and Minister of National Planning of Costa Rica. Copyright: Project Syndicate, 2009. www.project-syndicate.org

martes, 24 de marzo de 2009

LA ÚLTIMA PALABRA

Ojalá que Mauricio Funes se reserve la última palabra y no la ceda al Frente Farabundo Martí (FMLN), porque si de este partido van a depender las decisiones más importantes del nuevo gobierno de El Salvador, hasta le podrían cortar la palabra a los periodistas independientes, como ha hecho Hugo Chávez en Venezuela y trata de hacer Daniel Ortega en Nicaragua.

Lo poco que ha dicho Funes, tras ser elegido Presidente, deja entrever que gobernará de una forma distinta a los regímenes de la izquierda autoritaria en Bolivia, Venezuela y Nicaragua, pero eso hay que verlo antes de creerlo.

Una característica de Funes, que de entrada le diferencia de Ortega, Chávez y los ex guerrilleros extremistas del FMLN, es su formación y experiencia como periodista, profesión a la que se dedicó con éxito por más de dos décadas hasta entrar en la política.

Aunque llega al poder montado en el carro del FMLN, un partido tan ortodoxo como el Frente Sandinista (FSLN) y vinculado a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), supongo que Funes tiene una noción clara y comprobada de lo que es la democracia y la importancia de la libertad de expresión y de prensa para el desarrollo de un país.

Mientras fue periodista, no sólo de la televisión salvadoreña sino de medios internacionales importantes, el hoy Presidente supo reclamar el derecho de los comunicadores sociales a informar sin restricciones, igual que el de la población en general a expresarse y opinar con libertad. Por ello, se caracterizó por ser crítico, por hacer las preguntas más difíciles e incómodas a los entrevistados.

Sin embargo, hay indicios de que Funes siendo candidato se negó a conceder entrevistas a medios de El Salvador. En la reunión de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), hace una semana en Paraguay, representantes de periódicos salvadoreños informaron de una relación tensa entre los medios y los candidatos del FMLN, Mauricio Funes y Salvador Sánchez Cerén.

“La fórmula presidencial de este partido se ha negado a participar en algunos programas de opinión de dos cadenas de televisión, TCS y Tecnovisión; al periódico El Diario de Hoy le ha negado constantemente entrevistas y ha dicho públicamente que solamente se la dará cuando exista un cambio de posición editorial de la empresa propietaria”, precisa el informe de la SIP.

De Sánchez Cerén puedo esperar eso y más, por ser uno de los duros del FMLN capaz de censurar a un medio de comunicación adverso; y en el caso de Funes me suena raro porque, independiente de su alianza política con la ex guerrilla, creo que ignorar a medios y periodistas, o en caso extremo atacarlos, sería ir contra los principios de libertad que abrigó en la misma profesión.

Aun si llegara a renegar de su época de periodista, algo que descarto, Funes sabrá que la información periodística independiente y crítica es necesaria para mejorar la administración pública. Como dijo Fernando Lugo, el presidente paraguayo que no es periodista sino sacerdote, “es mejor una prensa adversa, que nos ayuda desde su cuestionamiento a producir autocrítica necesaria para enmendar nuestros errores, que una prensa amiga que oculte los síntomas de errores de gestión”.

Funes tiene ahora la última palabra. Ojalá no se la quiten.

Douglas Carcache / Periódico La Prensa, Nicaragua